El “canon” de las Escrituras se define como los libros de la Biblia aceptados oficialmente como las Sagradas Escrituras. Escrito por unos cuarenta autores a lo largo de 1500 años, fue esencial que se hiciera una lista de los libros que reflejaban la verdad del mensaje de Dios y que fueron inspirados por el Espíritu Santo. Aunque cada libro era un canon a los ojos de Dios tal como fue escrito, el canon tuvo que ser identificado por los líderes religiosos. La determinación del canon fue un proceso llevado a cabo primero por rabinos y eruditos judíos, y luego por los primeros cristianos. Finalmente, fue Dios quien decidió qué libros pertenecían al canon bíblico.
En la tradición judeocristiana el canon tiene un propósito triple. En primer lugar identifica y conserva la revelación, a fin de evitar que se confunda con las reflexiones posteriores en torno a ella. Tambien tiene el objetivo de impedir que la revelación escrita sufra cambios o alteraciones. Por último, brinda a los creyentes la oportunidad de estudiar la revelación y vivir de acuerdo a sus principios y estipulaciones.
En el siglo IV la palabra «canon» se utilizó para referirse propiamente a las Escrituras. El «canon» de la Biblia es el catálogo de libros que se consideran normativos para los creyentes y que pertenecen con todo derecho a las colecciones incluidas en el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Los libros de la Biblia hebrea son 24, divididos en tres grandes secciones.
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ock-paragraph">La primera sección, conocida como Torá (vocablo hebreo que por lo general se traduce «ley», pero cuyo significado es más bien «instrucción» o «enseñanza») contiene los llamados «cinco libros de Moisés»: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
La segunda división, conocida como Nebiim (profetas), se subdivide, a su vez, en dos grupos:
Los profetas anteriores , en los que figuran Josué, Jueces, Reyes y Samuel; y Los profetas posteriores: Isaías, Jeremías, Ezequiel y el Libro de los Doce.
La tercera sección de la Biblia hebrea se conoce como Ketubim (escritos) e incluye once libros: Salmos, Proverbios y Job; un grupo de cinco libros llamados Megilot (rollos), Cantar de los cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés y Ester; y finalmente Daniel, Esdras-Nehemías y Crónicas.
Con las iniciales de Torá , Nebiim y Ketubim se ha formado la palabra hebrea Tanak ,que significa «la Biblia».
El canon completo del Antiguo Testamento no se compilo hasta después de la destrucción de Jerusalén en el año 70 DC, pero las partes ya habían sido reconocidas mucho antes.
Los libros de la ley (también conocidos como la Tora o Pentateuco-Génesis-Deuteronomio) fueron reconocidos ya en 2 Reyes 22. Los profetas fueron identificados como Escrituras a finales del siglo II aC. Los Salmos fueron aceptados, pero los libros restantes variaron dependiendo de la secta judía.
La escuela rabínica de los fariseos en Jamnia llegó a una lista final de veinticuatro libros, lo que equivale a los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento cristiano. Diez libros interpretados en la Septuaginta (la traducción griega de las Escrituras hebreas) fueron rechazados debido a las estrictas directrices para el canon: los libros deben haberse conformado a la Torá, y debieron escribirse en Palestina, en hebreo y no después del tiempo de Esdras (alrededor de 400 aC). (Aunque la Biblia Católica hoy incluye los libros apócrifos, la gran mayoría de los eruditos hebreos los consideraron buenos documentos históricos y religiosos, pero no al mismo nivel que las Escrituras hebreas inspiradas).
Uno de los resultados del cautiverio de Israel en Babilonia fue el desarrollo de comunidades judías en diversas regiones del mundo conocido. En Alejandría, capital del reino de los Tolomeos, el elemento judío en la población de habla griega era considerable; y como Judea formaba parte del reino hasta el año 198 a.C., esa presencia judía aumentó con el paso del tiempo.
Los judíos de Alejandría adoptaron el griego como su idioma diario, y dejaron el hebreo para cuestiones cúlticas. Para responder adecuadamente a las necesidades religiosas de la comunidad, pronto se vio la necesidad de traducir las Escrituras hebreas al griego.
Una leyenda judía, de la cual existen varias versiones, indica que desde Jerusalén se llevaron a setenta o setenta y dos ancianos hasta Alejandría para traducir el texto hebreo al griego. Esa leyenda dio origen al nombre Septuaginta (LXX), con el que casi siempre se identifica y conoce la traducción al griego del Antiguo Testamento.
El orden de los libros en los manuscritos de la Septuaginta difiere del que se presenta en las Escrituras hebreas. Posiblemente ese orden revela la reflexión cristiana en torno al canon.
En primer lugar, como en el canon hebreo, la Septuaginta incluye los cinco libros de Moisés o el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
La segunda sección presenta los libros históricos: Josué, Jueces, Rut, los cuatro libros de la monarquía (Samuel y Reyes), Paralipómenos (Crónicas), 1 Esdras (una edición griega alterna de 2 Cr 35.1 — Neh 8.13 ), 2 Esdras (Esdras-Nehemías), Ester, Judit y Tobit. Los libros de Judit y Tobit, y las adiciones griegas al libro de Ester, no aparecen en los manuscritos hebreos.
En la tercera división se encuentran los libros poéticos y sapienciales: Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los cantares, Job, Sabiduría y Eclesiástico ( Sabiduría de Jesús ben Sira ). De este grupo, Sabiduría (escrito originalmente en griego) y Eclesiástico (escrito en hebreo) no se encuentran en el canon hebreo. El libro de los Salmos contiene uno adicional que no aparece en el canon hebreo: el 151, del cual existen copias tanto en griego como en hebreo.
La sección final de la Septuaginta incluye los libros proféticos: Isaías, Jeremías y Lamentaciones, junto a Baruc y la Carta de Jeremías, que no aparecen en el orden del canon hebreo; Ezequiel; y el libro de Daniel, con varias adiciones griegas: la historia de Susana , el relato de Bel y el Dragón y una oración de confesión y alabanza de 68 versículos entre los vv. 23–24 del tercer capítulo.
Los libros de los Macabeos (que pueden llegar hasta a cuatro en diversos manuscritos y versiones) se incluyen, como una especie de apéndice, al final de la Septuaginta.
En torno a los libros y adiciones que se encuentran en la Septuaginta, y no aparecen en las Escrituras hebreas, la nomenclatura y el uso lingüístico en diversos círculos cristianos no es uniforme. La mayoría de los protestantes identifican esa sección de la Septuaginta como «apócrifos». La iglesia católica los conoce como «deuterocanónicos». «Apócrifos», para la comunidad católica, son los libros que no se incluyeron ni en el canon hebreo ni en el griego. Los protestantes identifican los libros que no se incorporaron en ninguno de los cánones como seudoepígrafos.
Los Rollos del Mar Muerto, descubiertos en 1947, tienen algunas diferencias menores, pero son notablemente similares a las Escrituras Hebreas aceptadas que tenemos hoy.
El proceso para reconocer y juntar los libros del Nuevo Testamento comenzó en los primeros siglos de la iglesia cristiana.
Jesús y los primeros cristianos no carecían de Escrituras; contaban con el Antiguo Testamento ( Mc 12.24 ) y citaron de las tres divisiones reconocidas por el judaísmo (p. ej., Lc 24.44 ).
Convencida de la autoridad absoluta de Jesucristo y del Espíritu que Él envió, la Iglesia vio «cristianamente» las antiguas Escrituras; pues al lado del Antiguo Testamento apareció una norma superior. Para Pablo ( 1 Co 9.9 , 13s ; 11.23ss ; 1 Ts 4.15 ), un dicho del Señor Jesús decidía tan categóricamente como una cita escritural toda cuestión de doctrina o ética. Desde luego, estas palabras del Señor no eran citas de ningún documento, puesto que los Evangelios aún no se habían escrito.
Muy temprano, algunos de los libros del Nuevo Testamento fueron reconocidos como inspirados. Pablo considera que las escrituras de Lucas son tan autoritativas como el Antiguo Testamento (1 Timoteo 5:18, Deuteronomio 25:4 y Lucas 10:7). Pedro se refirió a las escrituras de Pablo como Escritura (2 Pedro 3:15-16). Clemente de Roma mencionó al menos ocho libros del Nuevo Testamento (95 DC). Ignacio de Antioquía reconoció siete libros (115 DC).
Policarpo, un discípulo de Juan el apóstol, reconoció quince libros (108 DC).
Más tarde, Ireneo mencionó veintiún libros (185 DC). Hipólito reconoció veintidós libros (170-235 DC).
El primer “canon” fue el Canon de Muratoria, compilado en el año 170 DC, que incluía todos los libros del Nuevo Testamento excepto Hebreos, Santiago y 3 Juan.
El Concilio de Laodicea (363 DC) concluyó que solo el Antiguo Testamento (junto con los libros apócrifos) y los veintisiete libros del Nuevo Testamento debían leerse en las iglesias.
Los Concilios de Hipona (393 DC) y Cartago (397 DC) reafirmaron los mismos veintisiete libros como autoritativos.
Los principios utilizados por los concilios para determinar si un libro del Nuevo Testamento fue verdaderamente inspirado por el Espíritu Santo fueron cuádruples. Primero, el autor debe ser apóstol o tener una conexión cercana con un apóstol. Segundo, el libro debe haber sido aceptado por el cuerpo de Cristo en general. Tercero, el libro debe contener consistencia de doctrina y enseñanza ortodoxa. Finalmente, el libro tuvo que mostrar evidencia de altos valores morales y espirituales que reflejarían una obra del Espíritu Santo como el Autor divino.
Lo más importante es que debe reconocerse que fue Dios, y solo Dios, quien determinó qué libros pertenecían a la Biblia.
Dios, a través de la inspiración del Espíritu, impartió a Sus seguidores lo que Él ya había decidido. El proceso humano de recopilación de los libros de la Biblia fue defectuoso, pero Dios, en Su soberanía, y a pesar de las limitaciones del hombre pecador, llevó a la iglesia primitiva al reconocimiento de los libros que Él había inspirado, y esos libros son reconocidos hoy como el canon de las Escrituras.